×

Advertencia

JUser: :_load: No se ha podido cargar al usuario con 'ID': 46

Este es nuestro más reciente editorial, compartido en el programa Notas humanas y Divinas que se emite todos los domingos por la Cadena Básica Nacional de RCN.


El año pasado, los cultivos de coca y la producción de cocaína aumentaron en Colombia. Fueron doscientas doce mil hectáreas y novecientas cincuenta toneladas de cocaína, una cifra récord, según mediciones del gobierno estadounidense. Desde esta cifra el presidente Trump incitó al mandatario colombiano Iván Duque a retornar a la fumigación con glifosato, suspendida desde hace cinco años por el gobierno Santos, ante la advertencia de la Organización Mundial de la Salud que consideró este herbicida como probablemente cancerígeno. La meta es reducir a la mitad los sembrados en tres años, incluyendo la erradicación manual forzada y un desarrollo alternativo, mil veces prometido, pero nunca bien diseñado.

¿Pero qué están viviendo hoy las comunidades cocaleras en Guaviare, Meta, Caquetá, Putumayo, sur del Tolima, norte del Cauca, bajo Cauca antioqueño, Catatumbo, sur de Córdoba y del Pacífico?

El gobierno está aplicando la erradicación forzosa de los cultivos de coca, apoyado en la militarización y en medio de la crisis sanitaria por el coronavirus, a esto se suma la presión de los grupos armados ilegales del narcotráfico y las guerrillas por el control de la producción y de las rutas del narcotráfico, lo que ha causado hechos violentos, judicialización de la movilización social y deplorables asesinatos en varias regiones.

Por otra parte, ciento treinta mil familias de estas comunidades, con la esperanza de transformar su economía, se acogieron al Programa nacional integral de sustitución de cultivos ilícitos (PNIS), producto del Acuerdo de paz, una alternativa de erradicación voluntaria que propone un proceso de transición económica, legalización de tierras, construcción de vías, servicios públicos, fomento, asistencia técnica y bancarización agropecuaria, productos comercializables y rentabilidad. Sin embargo, el gobierno, no está cumpliendo con el desarrollo del PNIS, los procedimientos en esa dirección son lentos, no hay voluntad política ni financiación ni las estrategias para perseguir a los narcotraficantes, reales dueños del negocio, son eficientes. En su lugar, el gobierno está aplicando prioritariamente la erradicación forzada y abre la puerta a la posibilidad de la aspersión con glifosato. Paradójicamente, ya está probado por años que estas estrategias son más costosas, ineficientes, impulsa la acción de los ilegales, no resuelve los profundos problemas de las comunidades y, al contrario, las hunde más en sus agobiantes problemas.

Hace un año los obispos del Pacífico y del Suroccidente del país expresaron un rotundo no a la fumigación con glifosato, al afirmar: “Rechazamos frontalmente la decisión ya anunciada por parte del Gobierno de la República de Colombia de reanudar las negativas para la vida humana y el medio ambiente; consideramos que el gobierno debe tener en cuenta que la presencia de estos cultivos es, en muchos casos consecuencia del abandono en que viven sumidos los habitantes de estas regiones. Invitamos al gobierno a que se exploren mecanismos complementarios que den una respuesta más integral sobre esta problemática que afecta a nuestros pueblos. Igualmente convocamos a toda la sociedad colombiana a deslindarse de lo ilícito, especialmente de la cultura narcotraficante; reiteramos el llamado al gobierno a que se priorice la protección de la vida humana, del medio ambiente y la sustitución voluntaria de cultivos”.

Luis Guillermo Guerrero Guevara

Director general CINEP/Programa por la Paz.

Este es nuestro más reciente editorial, compartido en el programa Notas humanas y Divinas que se emite todos los domingos por la Cadena Básica Nacional de RCN.


La pandemia del coronavirus ha puesto en primer plano la importancia de la producción alimentaria del campesinado en Colombia. No hay duda para los habitantes de las grandes capitales y los más de mil cien municipios del país, el notable servicio que históricamente han realizado las comunidades agrarias en la disposición de alimentos para el consumo nacional. Mientras que las industrias paran y los precios del petróleo, el carbón y la energía se derrumban y las grandes empresas del mundo entran en recesión, los campesinos continúan. En las grandes ciudades solo hay una preocupación: que no falte la comida, el agua, todo lo demás se hace prescindible.

Pero reconocer la capacidad productora de alimentos del campesinado no se corresponde con el respeto a sus derechos humanos. Al contrario, ni las clases dirigentes ni la sociedad en su conjunto, a lo largo de nuestra historia, han escuchado las luchas y reivindicaciones de las comunidades rurales. El profesor Alejo Vargas nos recuerda que desde los años veinte del siglo pasado, las organizaciones campesinas han protestado por el incumplimiento de sus derechos. Igualmente, el campesinado será el gran protagonista y víctima de la violencia liberal-conservadora y también en el conflicto armado reciente, es el sector que ha aportado el mayor número de personas victimizadas y despojadas de sus tierras.

Políticas sociales, económicas y de tierras para el pequeño y mediano campesinado siempre han quedado en los sueños, en la demagogia o en el papel, pero no se ha llevado a cabo. Las comunidades agrarias y medianas empresas rurales, productoras de alimentos, siempre han sido excluidas y violentadas. Pese a todo esto las comunidades se han sostenido produciendo y sobreviviendo en condiciones muy difíciles. Sin vías sin servicios sociales de salud y educación de calidad, con sistemas de comercialización que encarecen exageradamente los productos y dejan a los intermediarios con las mayores utilidades.

Por eso, para las organizaciones campesinas y los conocedores del tema agrario en Colombia, no es ninguna sorpresa que, en medio de la actual pandemia, no existan propuestas claras para el campesinado. Es un grave error del actual y de los gobiernos anteriores. Porque si hay algo estratégico es la seguridad alimentaria de la población en medio de una enfermedad viral. Pero la decisión ha sido contraria, los créditos se han orientado al apoyo de los grandes productores.

El papa Francisco se dirigió, el Domingo de Resurrección, a los movimientos populares del mundo y dijo: “Sé que ustedes han sido excluidos de los beneficios de la globalización. No gozan de esos placeres superficiales que anestesian tantas conciencias. A pesar de ello, siempre tienen que sufrir sus perjuicios. Los males que aquejan a todos, a ustedes los golpean doblemente. Muchos de ustedes viven el día a día sin ningún tipo de garantías legales que los proteja. Los vendedores ambulantes, los recicladores, los pequeños agricultores, los constructores, los que realizan distintas tareas de cuidado. Ustedes, trabajadores informales, independientes o de la economía popular, no tienen un salario estable para resistir este momento y las cuarentenas se les hacen insoportables. Tal vez sea tiempo de pensar en un salario universal que reconozca y dignifique las nobles e insustituibles tareas que realizan”.

 

Luis Guillermo Guerrero Guevara

Director general CINEP/Programa por la Paz.

Según cifras del censo general del Departamento Administrativo Nacional de Estadísticas (DANE) en 2005 el 25% de la población colombiana –11,2 millones– y el 62% de los municipios del país –692– son considerados rurales. Aunque son muchas las cifras en las que se evidencia la inequidad entre la población rural y la urbana, preocupa el tema de la educación. Un informe del Ministerio de Educación Nacional de 2013 demuestra que de cada 100 estudiantes que ingresan al sistema educativo en la zona rural, 48 culminan la educación media, mientras que en las áreas urbanas lo hacen 82 estudiantes.

Frente a este panorama, que ha sido constante desde hace décadas, diversas organizaciones, instituciones y maestros han creado procesos educativos con un enfoque diferencial que permiten cerrar las brechas en acceso, permanencia, calidad y, sobre todo, pertinencia  de la educación que reciben las comunidades rurales del país.

Colombia es un país con una gran diversidad. A lo largo del territorio confluyen diferentes culturas que tienen sus propias formas de entender, ver y vivir su realidad. Dadas estas condiciones, no es coherente tener un solo modelo educativo para la niñez y la juventud de todo el país.

“La misma educación que se le da a los niños y jóvenes, los hace querer salir del campo para vivir en la ciudad, porque enseña que la ciudad es progreso y bienestar y que en el campo está la ignorancia, la pobreza y el atraso”, afirma Jorge Iván Marín, educador de zonas rurales de Antioquia. El mismo Marín manifiesta que existe en el país un  sistema educativo que habla de ruralidad pero no marca mayores diferencias entre la pedagogía y la didáctica que emplea en el contexto urbano y el rural.

 

De ahí que sea importante que el sistema educativo reconozca la cultura propia de los pobladores rurales y busque mecanismos para responder a sus necesidades porque, tal como lo señala Ariel Rueda, de la Asociación campesina de Antioquia, “la educación que nos están llevando a nosotros los campesinos no es acorde a las necesidades del campo porque las personas que imparten esta educación desconocen las realidades del campo”.

  Instalación de la mesa

Como resultado de las negociaciones con la guerrilla de las Farc, quedó estipulado en el acuerdo final, en su punto 3.2.2.2., la creación del Plan Especial de Educación Rural. En este se dan los lineamientos generales de la política pública que reformará la educación que reciben los habitantes rurales del país.

Para reglamentar este punto del acuerdo, 72 organizaciones e instituciones dedicadas a la educación y al desarrollo del sector rural han designado a sus representantes a la Mesa Nacional de Educación Rural, que en los próximos meses discutirán con el Ministerio de Educación Nacional el texto que será incluido en el Plan Marco de Implementación de los Acuerdos. Esta mesa fue instalada formalmente el pasado 9 de febrero en las instalaciones del Cinep/PPP con la presencia y representación de las organizaciones.

Estas organizaciones, instituciones, maestros y líderes de base coinciden en afirmar que parte de la enorme brecha de inequidad y la desigualdad en oportunidades y garantías que viven las poblaciones rurales del país son causa del sistema educativo que no está diseñado con enfoque diferenciado para las personas que viven y trabajan en el campo. Por eso han venido debatiendo las necesidades que tienen los pobladores rurales en los congresos Nacionales de Educación Rural, de donde salen las propuestas que se llevarán al Ministerio para su discusión.

Una de las propuestas es lograr que la educación que reciban los habitantes del campo no se reduzca a la básica, sino que la educación técnica, tecnológica e incluso la profesional tengan su espacio dentro del Plan nacional de educación. Tal como lo expresa Beatriz López, de la Corporación para la Investigación y el Desarrollo, “la educación como motor del desarrollo debe llegar a los campesinos en todos sus niveles. Es un reto que la educación superior llegue al campo y aún más, que los campesinos se queden y con esos conocimientos aporte al desarrollo integral de la ruralidad”.  

 

Otras propuestas en las que trabaja la mesa nacional están relacionadas con la adaptación de modelos educativos de diferentes culturas, contenidos pertinentes para cada región, infraestructura adecuada para la enseñanza, calidad educativa, permanencia,  educación en ciudadanía, desarrollo del campo y construcción de paz desde las regiones.

Durante los primeros meses del 2017 el Ministerio de Educación  deberá presentar los lineamientos de la política pública de educación rural para que pase al Departamento Nacional de Planeación y al Ministerio del Posconflicto para construir el Plan Marco de Implementación de los Acuerdos, en el que se articulan las políticas que cada ministerio está construyendo a partir de lo acordado en La Habana. Una vez aprobadas, se asignarán presupuestos y se iniciará la implementación.  

 

Miguel Angel Martínez
Equipo de Comunicaciones

Este año se aprobó la ley de Zonas de Interés de Desarrollo Rural, Económico y Social, ZIDRES que busca según el Gobierno nacional, aumentar la productividad de la tierra y crear proyectos productivos que beneficien a los campesinos sin tierra y promuevan la inversión de capital en el agro. No obstante existe resistencia a la Ley pues para muchos esta ley, por un lado, no tiene en cuenta a los campesinos, desconoce las realidades territoriales y supone un riesgo para superar la concentración de la tierra.

Invitados: