Panfletos y Limpieza Social. Efectos mortales y no mortales
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Por: Carlos H. Fernández1
Silvia Otero Bahamón2
¿En qué han consistido los panfletos y las amenazas? ¿Cómo leer estos anuncios de muerte en el contexto social y político colombiano? Expondremos aquí algunos hechos, consecuencias e ideas que pueden alimentar el análisis.
“Yo dije que algo muy grave iba a pasar, y me dijeron que estaba loca”
Algo muy grave va a suceder en este pueblo [Cuento contado]
Gabriel García Márquez.
Llegó la hora de la limpieza social

El pasado 11, 12 y 13 de julio se anunció por diversos medios el asesinato “en extrañas circunstancias” de por lo menos seis jóvenes en la localidad de San Cristóbal y de 11 más en otros barrios de Bogotá, presuntamente relacionados con limpieza social. El hecho se enmarca dentro de una nueva oleada de amenazas de muerte que, desde hace varios meses, se han difundido en forma de panfleto : un escrito en papel tamaño carta, fotocopiado, escaneado y enviado por correo electrónico que, en ocasiones, presenta errores de gramática y ortografía.
Distribuido en las fotocopiadoras, abandonado en los asientos de los buses y dejado en las puertas de las casas de diferentes barrios, los panfletos se han propagado por las principales ciudades del país y decenas de municipios e incluso existe un portal en Internet que los promueve . La versión estándar, dirigida a jóvenes, prostitutas, travestis, prepagos , expendedores y consumidores de droga, ladrones y homosexuales, anuncia que “Llegó la hora de la limpieza social” y recomienda a la ciudadanía que permanezca más tiempo en casa y a los padres que ‘dialoguen’ con sus hijos. Además, en ellos se instaura un toque de queda pasadas las 10 de la noche, con la advertencia de que quienes sean encontrados después de esa hora podrán ser asesinados. Finalmente, piden colaboración a los padres de los jóvenes y sugieren a la sociedad “comprender si acaso caen inocentes”.
“Estos panfletos amenazadores no son nada nuevo –asegura un líder vecinal de Cartagena–. Lo que llama la atención es que de repente circulan de forma masiva por todo el país. Los entregan a niños y jóvenes y les dicen que hagan copias para repartirlos. Todos hemos recibido varios por distintas vías. La gente tiene miedo, ya no quiere estar en la calle. Uno nunca sabe lo que le puede pasar”, concluye.
Según las autoridades, los primeros panfletos de esta nueva ola aparecieron en la ciudad de Medellín a finales de 2008. Una versión inicial circuló ampliamente y con el tiempo se conocieron otros con lenguaje similar, pero dirigidos a barrios, universidades y organizaciones específicas. De la misma manera, los móviles de la ‘limpieza’ y los destinatarios de las amenazas han variado, pues a los ya mencionados se sumaron razones políticas. Se identificó con nombres propios e incluso con direcciones, a líderes sociales, juntas de acción comunal y organizaciones juveniles y estudiantiles en universidades públicas, quienes han sido amenazados de muerte “por servir de fachada a la subversión”.
Para finales de abril de este año, la Oficina del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos en Colombia manifestó su preocupación frente al conocimiento de 18 formas estándar y 26 versiones particulares del panfleto, que se distribuían en 24 departamentos del país. En mayo, el director de la Policía Nacional, general Óscar Naranjo, declaró que tenían identificados 73 municipios en 19 departamentos donde circulaban panfletos.
Los autores

Varias organizaciones aparecen como firmantes de las amenazas, entre ellas, anónimos, Autodefensas Unidas de Colombia, Ogdis y algunas ‘bandas emergentes’ como Bloque Capital, Frente Lanceros Boyacá Santander, Águilas Negras, GDLS y Autodefensas Gaitanistas de Colombia. La lista se diversifica a medida que se avanza por el territorio nacional. En otros casos, las amenazas se atribuyen a células de las Autodefensas Campesinas Héroe Carlos Castaño, Ejército Revolucionario Popular Antiterrorista de Colombia y a los desmovilizados del Bloque Cacique Nutibara, quienes operan con el móvil de apropiarse de negocios legales e ilegales.
Sin embargo, las hipótesis de los presuntos responsables de las amenazas han cambiado con el tiempo. En un comienzo, las autoridades policiales acusaron a bandas delincuenciales y posteriormente a vecinos y padres de familia quienes, preocupados por el expendio de drogas ilícitas en las zonas públicas y parques, habrían elaborado los panfletos . No obstante, estas primeras versiones no concordaban con el amplio despliegue territorial de los panfletos y la coordinación logística que esto implica.
Las hipótesis de las autoridades se fueron afinando con el tiempo. Un par de meses después, el general Oscar Naranjo habló de cuatro tipos de autores. Primero, las Farc que, en el marco del Marzo Negro , adelantaban una campaña de extorsión contra transportadores, tenderos y comerciantes en por lo menos nueve departamentos del país. El segundo autor serían delincuentes comunes haciéndose pasar por Águilas Negras, quienes pretendían extorsionar a vecinos de comunas y barrios de ciudades como Bogotá, Medellín y Cali. Un tercer origen de los panfletos estaría relacionado con la banda del capturado narcotraficante, alias ‘Don Mario’ quien, de acuerdo con Naranjo, distribuyó una serie de panfletos a nombre de las Autodefensas Gaitanistas, de cuya organización fue capturada una persona que portaba 800 panfletos. El cuarto origen estaría relacionado con bandas criminales que operan en las antiguas zonas de influencia paramilitar que se han desmovilizado, en las que algunos de los ‘grupos emergentes’ han “querido presionar a los jóvenes desmovilizados para que regresen a encabezar estas bandas criminales”.
Ninguna de las hipótesis de las autoridades contempla la existencia de grupos creados con el fin de llevar a cabo la “limpieza social”, así como se descarta cualquier responsabilidad de miembros de la Policía Nacional. No obstante, en el país las prácticas de “limpieza social” han estado vinculados con estos actores.
Muerte y miedo
Al debate sobre los autores y las motivaciones se sumó el de los muertos. Líderes comunitarios y jóvenes han señalado en varios espacios que hay víctimas mortales de las amenazas, pero que nadie se atreve a denunciar ni a reclamar por temor a la retaliación. Ante estas afirmaciones, el pasado mayo la Secretaría de Gobierno de Bogotá respondió que si no había víctimas ni denuncias era muy difícil actuar. Precisamente, ahí radica las limitaciones en la documentación de este fenómeno, pues autoridades y organizaciones sociales coinciden en afirmar que es muy difícil establecer cuándo un homicidio corresponde a una amenaza de ‘limpieza social’.
Con todo lo complicado que resulta definir el verdadero número de víctimas mortales que han dejado las amenazas, lo cierto es que la incertidumbre y el miedo se han apoderado de los residentes de los barrios afectados “La gente atemorizada no necesita ver los muertos para cumplir con las órdenes del panfleto. Las personas no salen a la calle en la noche y los estudiantes nocturnos tienen miedo de asistir a clase. Entre tanto, individuos oportunistas han aprovechado el pánico generalizado para producir sus propios panfletos. La amenaza se ha vuelto moneda de uso corriente y las pandillas barriales se han fortalecido para enfrentar a sus atacantes ocultos” . En este ambiente muchos han terminado por justificar estos crímenes, pues velan “por bien de la comunidad”.
Reacciones y consecuencias
Autoridades de distinto nivel han reaccionado a las amenazas. En una presentación pública, el presidente Álvaro Uribe dijo lo siguiente a propósito de una movilización ciudadana en contra de los panfletos: “el que reciba un panfleto rómpalo (…) no nos vamos a dejar intimidar”. Esto pese a que los distribuidores nunca fueron visibles. En el caso de Bogotá, la Alcaldía Mayor y las Alcaldías Locales realizaron consejos de seguridad y reuniones con la comunidad para disminuir el pánico y evaluar la seriedad de los hechos.
En varias ocasiones, como quedó registrado en los medios de comunicación, miembros de las administraciones y organismos de seguridad recomendaron a la comunidad mantener la calma y no replicar ni difundir los panfletos para evitar su propagación, pues eso era precisamente lo que querían los distribuidores. La policía emitió un volante con el título “¡No le siga el juego a los panfletos!” en el cual ofrecía diez millones de pesos de recompensa a quien denunciara. En algunos barrios la Policía previno a los jóvenes sobre la aparición de dichas amenazas.
El ‘despanfleto’
Las respuestas ciudadanas para contrarrestar el miedo han sido igualmente diversas. La iniciativa del “despanfleto” impulsada por Programa por la Paz – Cinep, Visionarios por Colombia, Movimiento por la Noviolencia y otras organizaciones en Bogotá y Cali principalmente. , sumada a la gran cantidad de movilizaciones juveniles en diferentes barrios de Bogotá, Cali, Medellín, Barrancabermeja y Cartagena, ha buscado hacer contrapeso al ambiente generalizado de miedo y fomentar la creatividad y el dinamismo de grupos de jóvenes que se han expresado frente a estas formas de violencia. Marchas, plantones, esténcil callejero, solidaridades entre barrios, jornadas lúdicas que en ocasiones se prolongan durante toda la noche, son parte del repertorio de actividades. Han sido los jóvenes quienes han respondido al fenómeno de las amenazas, apoyándose en organizaciones de paz y universidades con el fin de darles visibilidad pública a quienes están en la mira de los grupos al margen de la ley.
Papel nuevo, mensajes viejos.
Los panfletos que anuncian que “llegó la hora de la limpieza social” deberían mejor indicar que “llego ‘otra’ hora de la limpieza social”, pues el asesinato de personas socialmente marginales como prostitutas, población LGBT, delincuentes e indigentes, ha sido recurrente en Colombia desde finales de la década del setenta.
Según Carlos Vicente De Roux, varios han sido los móviles históricos de la limpieza social en Colombia. Entre ellos se encuentran el ánimo o fin de lucro de los agentes agresores u homicidas, el ánimo descontrolado de retaliación de elementos de los cuerpos armados del Estado y móviles ideológicos que corresponden a imaginarios de higiene o asepsia social, étnica o incluso moral. Lo más grave –indica De Roux– es que estos imaginarios encuentran resonancia en amplias capas de la población y presentan a Colombia como una sociedad sitiada por el delito que se ve forzada a apelar a cualquier medio de defensa, legal o ilegal, que le permita garantizar su seguridad.
Como constataba el investigador Carlos Rojas en un estudio elaborado por el CINEP en 1994, los primeros eventos que podrían catalogarse como “limpieza social” sucedieron en Pereira en 1979. Un año después, la práctica de asesinar delincuentes y abandonarlos en sitios alejados ya se había extendido a Medellín y Bogotá. Para la prensa de la época, una de las razones que explicaba la aparición de ‘escuadrones de la muerte’ fue la invitación del general Camacho Leyva “a las gentes de bien a armarse para asumir por su mano propia su defensa” . Recordemos que esta invitación también fue promotora de las Convivir, que derivaron en los posteriores grupos de autodefensa.
Según Rojas, la ola de limpieza social se incrementó cuando aumentó la percepción de inseguridad, pues, si bien los primeros actos de ‘limpieza’ sucedieron en 1979, fue en 1984 y 1985 que ésta cobró el mayor número de víctimas para el periodo 1980-1993. El autor sugiere varios factores que explican dicho aumento. Primero, para ese año la percepción de inseguridad aumentó con respecto a los anteriores. Segundo, se afianzó la noción de que el aparato judicial era ineficiente en el castigo de los delitos . Esto se logró con la expedición de un decreto que excarcelaba a procesados por delitos menores, con el fin de descongestionar las cárceles. La medida dejó la sensación de que el Estado no podía resolver los problemas de inseguridad, lo cual fue coherente con el tercer factor: los llamados oficiales a la privatización de las soluciones del problema de la seguridad. Por último, el autor sugiere la persistencia de la marginalidad y la existencia de concepciones ideológicas que achacan los problemas sociales a los individuos. Estos factores explican “que determinados sectores sociales empezaran a actuar por su propia cuenta, argumentando para ello que el Estado no lo hacía, hasta llegar a la realización de operativos de limpieza social” .
Precisamente, en la década de los noventa las ofertas privadas de seguridad se personificaron en los grupos armados con la expansión de las guerrillas a las ciudades y posteriormente con la llegada de las autodefensas. Ambos grupos armados ejercieron en su repertorio bélico acciones de ‘limpieza social’, con el fin de mejorar los índices de inseguridad a su llegada y hacerse a la aceptación de la población. Como afirma Ana María Arjona, “en una comunidad donde la violencia es ejercida por delincuentes comunes (…)los habitantes locales necesitan protección. Los grupos armados suelen explotar esta necesidad convirtiéndose en garantes del orden público, lo que les permite ganar el reconocimiento de algunos pobladores. En esto consisten las tristemente célebres campañas moralizantes de los grupos armados: olas de violencia contra ladrones, violadores y otros delincuentes comunes (…). Esto permite entender por qué, en los barrios más pobres de [diferentes ciudades colombianas] los asesinatos han aumentado mientras los robos disminuido” . Tras años de recorrer el mismo camino, la ‘limpieza social’ se convirtió prácticamente en la carta de ingreso de los actores armados a las goteras de las ciudades, con lo que afianzaban un control social y expandían su comunidad de apoyo.
Desde 1979, guerrillas, paramilitares, fuerzas estatales, grupos de vecinos y ciudadanos han recorrido varias veces el camino de la limpieza social. Esto deja varias preguntas: ¿están dadas las condiciones para que haya una nueva ola de limpieza social? ¿Quién está recorriendo éste mismo camino tantas veces recorrido?
Condiciones para la nueva ola de “limpieza social”
Al comparar los hallazgos de Rojas para la década de 1980 con las circunstancias actuales, encontramos que son varios factores los que podrían estar ambientando y dinamizando la nueva ola de amenazas y limpieza social. Entre ellos, el aumento en la percepción de inseguridad, el traslado de los problemas del conflicto armado del campo a la ciudad con la desmovilización de los combatientes; el reencauche de desmovilizados en las mal llamadas “bandas emergentes” y el agotamiento de la seguridad democrática.
A su vez, varios factores explican el aumento en la percepción de inseguridad. Primero, el aumento del desempleo urbano que en las principales ciudades alcanza el 13%, lo que agrava las condiciones económicas y de marginalidad que constituyen caldo de cultivo para la delincuencia. Segundo, el vacío en la oferta de seguridad que dejaron las autodefensas desmovilizadas y las guerrillas retiradas, y que no fueron llenadas por las fuerzas policiales. Si como citaba Arjona, el establecimiento de un actor armado conlleva al aumento del homicidio y la disminución de los delitos menores, es de esperar que la desmovilización se siga de los efectos contrarios: aumento de los delitos menores y disminución del homicidio, situación exacta que se ha venido presentando. Esta conversión adquiere aún más sentido cuando los mismos combatientes de los grupos armados, una vez desmovilizados, empiezan a estar involucrados llevar a cabo actividades delictivas.
Efectivamente, hay unas condiciones crecientes de inseguridad que hacen pensar que la delincuencia se está saliendo de las manos. Como nos mostró Carlos Rojas, de ahí a que grupos tomen la “iniciativa” de imponer seguridad a través de la “limpieza social” hay sólo un paso.
¿Ahora bien, quién esta tomando la iniciativa? Dos posibilidades emergen de los datos. Por un lado, las bandas emergentes que estarían tratando de llenar los vacíos dejados por los grupos de autodefensa, recorriendo el camino ya conocido por sus antecesores. Estaríamos así ante un nuevo ciclo de violencia, caracterizado por procesos de reclutamiento y rearme.
Y por otro, grupos privados de limpieza social bajo el beneplácito de las fuerzas policiales, quienes en una reacción nada nueva, verían en el desmadre de la inseguridad un agotamiento de las políticas institucionales. Políticas como la seguridad democrática, que tiene evidentes limitaciones en las ciudades.
Muchas preguntas quedan en el aire: ¿estamos ad portas de un nuevo ciclo de violencia? ¿se está dejando la puerta abierta para que las funciones de autoridad las sigan ejerciendo nuevos o viejos actores armados? ¿Cuál es la estrategia para acabar con el delito en las ciudades? ¿Será que los colombianos no hemos entendido que la violencia trae más violencia y que es necesario expresarse frente a ello?
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1. Un panfleto es un escrito o libelo breve generalmente agresivo o difamatorio. Por extensión se emplea para escritos de propaganda política. Wikipedia. Enciclopedia Libre.
2. http://www.semana.com/noticias-conflicto-armado/del-panfleto-blog-amenaz...
3. “Prepago” Término utilizado ya con frecuencia en Colombia para definir a personas que se ofrecen sexualmente a cambio de algún tipo de beneficio.
4. Afirma líder vecinal en el barrio San Pedro de Torices (Cartagena) – Noticia aparecida el 15 de abril en diario UNO - Argentina
5. http://www.elespectador.com/articulo128506-farc-estarian-detras-de-algun...
6. Campaña de conmemoración de las FARC por la muerte de Tirofijo y Raul Reyes en marzo de 2008
7. http://web.presidencia.gov.co/sp/2009/mayo/04/06042009.html
8. Conversatorio: “Jóvenes en Bogotá, los queremos vivos” Realizado en la Universidad Javeriana y que convocó a líderes sociales, juveniles, autoridades y expertos. Información recogida en reuniones con la comunidad en diferentes localidades de Bogotá. Informes presentados por diferentes organizaciones vinculadas a la Coalición contra la vinculación de niñas niños y jóvenes al conflicto armado.
9. Editorial de El Espectador, 24/06/2009, “Los panfletos y la zozobra”.
10. “En el CAI tenían el panfleto pegado” señaló uno de los vecinos del barrio El Dorado al sur de Bogotá. Información recogida en trabajo de campo realizado por Cinep – Programa por la Paz en el mes de abril.
11. Acción colectiva de firma de “despanfletos”, Acción Colectiva “Espantamiedos” Barrio San Cristobal, Acción colectiva “Festival del Despanfleto” Cali. Vinculación de grupos culturales y artísticos de Barrios Egipto, Soacha, Bosa, Ciudad Bolívar.
12. Existen cuatro zonas en las que estos grupos están fortaleciéndose y su influencia es cada vez más evidente. Una de ellas es Ciudad Bolívar, donde el fenómeno más preocupante es el reclutamiento de jóvenes por parte del Erpac. Según informes de Inteligencia, detrás de este grupo hay tres paramilitares desmovilizados, conocidos como 'Manonegra', 'el Marrano' y 'el Cojo', liderados por Pedro Oliverio Guerrero, 'Cuchillo'. Según Arco Iris las amenazas y la limpieza son parte de la estrategia de ocupación paramilitar. Observatorio del Conflicto Armado, corporación Nuevo Arco Iris. En 10 de las 20 localidades de Bogotá hay presencia paramilitar. http://www.nuevoarcoiris.org.co/sac/?q=taxonomy/term/27
13. Carlos Rojas, La violencia llamada “limpieza social”, Cinep, Bogotá: 1994, pp20
14. Carlos Rojas, Ibíd., pp 58
15. Carlos Rojas, Ibíd, pp79
16. Cita recogida por Ana María Arjona, “Grupos armados, comunidades y órdenes locales: interacciones complejas”, en Hacia la Reconstrucción del País, ODECOFI-CINEP, 2008, pp 122


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Mientras una parte considerable del presupuesto nacional se destina a la guerra, las universidades públicas del país se ven a gatas para costear los gastos de sus programas.
Contra la corriente: Una mirada más allá de las interpretaciones normativas ymoralizantes de la política colombiana.