De la inteligencia superior a la inteligencia cubierta

“Se dispone establecer la ubicación del blanco, coordinar la intervención de su celular e igualmente definir actividades de inteligencia ofensiva”… [El ‘blanco’ quedará, entonces, expuesto] a labores de “inteligencia cubierta”, o sea, “diversas fases de la guerra psicológica, estratagemas, y será, además registrado en sus movimientos, ubicación, composición de su núcleo familiar, datos de sus padres, sus medios de transporte, información financiera, nombre de los hijos, colegio o universidad que frecuentan, grado o semestre que cursan, nombre de la empleada que le colabora, vehículo en que se moviliza, números de teléfonos fijos y celulares con los que se comunica, fotografías de sus visitantes y de sus automotores, registros migratorios…”

Las perlas del párrafo anterior hacen parte del informe que la Policía Judicial presenta a la Fiscalía General de la Nación y a la Corte Suprema de Justicia, sobre las actividades investigativas del Departamento Administrativo de Seguridad, DAS. Esos registros están en manos del Coordinador del Grupo de Inteligencia Política del DAS. Y los ‘blancos’ de semejante ofensiva son: Magistrados que investigan la parapolítica, Congresistas de la oposición, y, sobre todo, abogados y otros defensores de derechos humanos. Para sazonar el plato hay también, que se sepa, archivos de seguimiento del Vicepresidente de la República, de un exdirector del DAS y de un obispo católico. Pero la parte del león (miles de páginas, fotos y grabaciones auditivas y visuales) se la llevan personas que se han atrevido, en algún momento, a disentir de las opiniones febriles y a repudiar los abusos de autoridad del Presidente de la República, del cual depende directamente el DAS.

Este proceso de persecución política por parte del poder establecido evidencia el talante, tanto de quien lo encabeza, como de quienes lo instalaron en el poder y siguen aplaudiéndolo a pesar de tales desmanes. Esta es la mata que mata. Y el contexto de semejantes violaciones de todos los derechos individuales y sociales es el conflicto social armado de baja intensidad, que es ya un estilo propio de hacer política ‘a la colombiana’, y que sumado al ‘gustico’ del poder, viene apareado con la corrupción que el ansia de dominio destila en el corazón de los mortales hasta corroerlos del todo. La excusa para tales abusos, como aparece en las actas de los citados conciliábulos ‘detectivescos’, es la presunción de que disentir del primer mandatario significa, ipso facto, alinearse con la guerrilla, la cual en la jerga de uribia no es más que vulgar terrorismo. Esta negación del conflicto armado y desconocimiento de las injusticias que lo atizan no es sino una triquiñuela semántica que permite olvidar la reforma agraria, esquivar la reforma política y retorcer la reforma tributaria Esa presunción de insurgencia revela un grado considerable de paranoia, porque para quien conoce a las personas ‘estrechamente vigiladas’ por el régimen, es claro que detrás de su trabajo no hay sino el deseo de que se haga por fin justicia en Colombia y de que, por lo mismo, se respeten allí los derechos humanos.

Por el otro lado, tal grado de paranoia es muy peligroso porque está reforzando el conflicto social y, por lo mismo, resulta contraproducente para lo que el mismo régimen proclama como su meta: la seguridad democrática. Lo que se advierte es más bien un incremento de la inseguridad, puesta en jaque por los mismos esbirros del régimen, y una cancelación de la democracia gracias a la hipertrofia del autoritarismo. No puede haber seguridad cuando los ‘ojos y orejas’ del Gran Hermano te siguen a ti y a tus familiares y amigos de día y de noche con la convicción de que eres un conspirador. Además, en la actual situación de ‘seguridad’ del país, ese proceso puede acarrearte una muerte prematura. Y quién es el despistado que se atreve a llamar democracia un régimen al servicio de la riqueza, venga de donde y como viniere, y que, además, demoniza a la oposición política. Eso se ha llamado siempre plutocracia con autocracia.

Pero la reflexión debe adentrarse en el significado de esa violación de la vida privada con el doble objetivo de amedrentar y de calumniar. Si falla el amedrentamiento, porque el individuo es superior al temor de la muerte física suya o de su familia, queda, al menos el recurso a la muerte moral: calumnia que algo queda. Alguna imagen, o alguna palabra comprometedora, o, por lo menos, los ingredientes para producir un montaje que te deje inválido en política, o en economía, o que destruya tu dicha familiar. Esa perfidia redomada que si no logra su perverso objetivo utilitario, se regodea, al menos, con el acre placer de la venganza, revela una degradación irrecuperable del ser humano.

Ese proceso de la conciencia que se degenera es un mal síntoma en el actual panorama colombiano y demuestra cómo la “inteligencia superior” puede caer en la “inteligencia ofensiva” y precipitarse por el abismo de la “inteligencia cubierta”. Este uso de la palabra inteligencia es paradójico. No es, por cierto, un proceso original, ni tampoco individual de autonegación del ser humano. Ni mucho menos es, por desgracia, un fenómeno exclusivo de Colombia. Pero cualquiera siente cierta nostalgia al ver cómo el desafiante lema del escudo nacional, “Libertad y Orden”, se pervierte en la tremebunda consigna de “Amenaza y Hecatombe”.

 Por: Alejandro Angulo S.J.