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Editorial

LA HORA DE LA SOCIEDAD CIVIL

Cuando las instituciones crujen, la población sale a la calle. Las marchas callejeras colombianas deberían ser el paso eficaz hacia una paz esquiva. Sin embargo, las marchas multitudinarias colombianas del 4 de febrero y del 20 de julio, tuvieron más de plebiscito a favor del Gobierno, en tanto que las del 6 de marzo y 23 de mayo respondieron más a las justas reivindicaciones de las víctimas del conflicto social armado. Aconteció de tal manera no por iniciativa de los caminantes sino por la del Gobierno que decidió apoyar la primera con todo y la última marcha con algo, amén de desacreditar con violencia verbal la de marzo y mostrarse indiferente a la de mayo. La paz colombiana es esquiva porque los contrincantes siguen muy entusiasmados en su lucha. Al fin y al cabo es una lucha semisecular donde la apuesta ha sido siempre al todo y al nada. Todo para una minoría privilegiada y urbana. Nada para un campesinado mayoritario que es al mismo tiempo rural y urbano. El agro colombiano origen y fuente de la riqueza de los privilegiados está por eso mismo enganchado con la pobreza y la miseria del país. La urbanización por la fuerza ha sido una de las estrategias constantes del conflicto. Al fin y al cabo es una lucha por la tierra cultivable y por el subsuelo. La apuesta absurda de la hegemonía total contra la desesperación total. Por eso no hay negociación posible todavía. Y por eso mismo, he repetido que nuestra sociedad todavía no es civil.

El hostigamiento de las marchas populares es también una marca de agua de nuestra historia. Y en el caso de la marcha del 6 de marzo, la marcada hostilidad gubernamental ha producido efectos mortales para bastantes de sus organizadores. En nuestro banco de datos seguimos contabilizando víctimas cuyo padecimiento proviene de haber trabajado para movilizar a otras víctimas y a quienes intentan consolarlas y ayudarlas a obtener su justa reparación. Por otro lado, la idea de capitalizar desde el gobierno las manifestaciones callejeras trae un decidido tufo de absolutismo. Para los que aún recordamos, ese comportamiento evoca los estadios alemanes de los años 40 y las jóvenes camisas negras que los rebosaban.

Tanto más si ese apoyo franco y agresivo se combina, en todos los niveles de la política gubernamental, con la opción preferencial por los ricos. Opción que, como es tradición, mezcla la palada de cal de una Acción Social por la población desplazada y desmovilizada, con la palada de arena de los subsidios a quienes no los necesitarían si no se hubieran acostumbrado a vivir de sus privilegios. Y lo que convierte esa mezcla en explosiva es que la proporción mayúscula y monumental de arena desvirtúa por completo la minúscula palada de cal que, como todos sabemos, es uno de los remedios clásicos contra la podredumbre. Nos falta cal para una sociedad civil.


PARAS QUE NO SE VAN

Faltan prefijos para describir la política colombiana: para-políticos, FARC-políticos, Yidis-políticos. Estos son los favoritos de los medios. Pero los medios no aluden todavía a la palma-política , carbo-política, petro-política. Solamente cayó Chiquita Brand, pero ya repararon el error en su tierra, donde van a hacer la justicia que no puede hacer el gobierno colombiano en la suya. En medio de todo este comienzo del destape los tres poderes, legislativo, ejecutivo y judidicial van “pelando el cobre” como se podía esperar. Alguien lanzó una primera piedra y en este momento ya no queda tejado de vidrio sano. Cada caja de Pandora que se abre deja en evidencia fulanas más impúdicas que las precedentes. Y todas demuestran que el talante colombiano tiende a invadir el espacio público sin medir las consecuencias de semejante abuso, pero con la seguridad de que nadie va a bajar a la plaza. Para eso se ha cultivado el talante paramilitar, para mantener limpia la plaza.

Pero a medida que se avanza en el uso indebido de los recursos nacionales y en la apropiación del ‘espacio público’, se va descubriendo el aumento de las contradicciones que impiden sobrevivir a los pocos a base de explotar a los muchos. Ya no es cuestión de justificar la inequidad sino de hacer posible su progreso indefinido.

La fugaz popularidad del Presidente Pastrana se apoyó en la promesa de buscar una paz con las FARC, sin hacerla de manera simultánea con las minorías étnicas ni con las mayorías trabajadoras. Las FARC, a quienes hoy ya tampoco les interesan ni los unos ni los otros los engañaron a todos ellos. El Presidente Uribe logra ser elegido sobre la promesa de derrotar a las FARC y de cambiar el estilo de la política. Para derrotar a las FARC empezó por ‘arreglarse’ con los paramilitares. Decidieron llamarlo desmovilización y reinserción. Pero al igual que el Presidente Pastrana tampoco quiere hacer la paz con las minorías étnicas ni con los sindicatos. Y en el cambio de política por politiquería ha demostrado tener más habilidad para manejar la politiquería, por lo cual renunció a limpiar la política.

En medio de esta confusión general cabe la pregunta si vale la pena construir tejados de vidrio y cómo hacer para evitar las pedreas. La respuesta es sí. Y el cómo es muy sencillo de enunciar: no se puede seguir usando el principio de “saltarse las reglas porque todos se las saltan”. Aunque el presidente lo haga y lo defienda. Al confesarlo proclama su ineptitud para desmovilizar a los paramilitares, derrotar a las FARC y limpiar la política, como está sucediendo.

Una vez más, hay que reconocer que Mockus tiene la razón al colocar el énfasis en la ética pública. Y la prueba por la que hizo pasar al Alcalde de Bogotá debiera hacernos pensar cómo la renuncia al ejercicio de la responsabilidad personal degenera tarde o temprano en la renuncia a defender el bien público. El sistema educativo podría ensayar métodos para desarrollar la responsabilidad en las aulas y la Iglesia también podría probar en sus propuestas la claridad evangélica en vez de la ambigüedad partidaria. Es obvio que, dada la dimensión de la codicia y de la soberbia de la cultura dominante, tales esfuerzos requieren un trabajo ímprobo y tenaz. Pero ¿no es dable pensar con el deseo y mantener la esperanza de que crezcan nuevos maestros del bien común y que germinen algunos creyentes en algo distinto de sí mismos? No me parece tan descabellado.


EX-PARAS QUE SE VAN…

“Esta madrugada fue extraditado un grupo de ciudadanos porque algunos de ellos habían reincidido en el delito después de su sometimiento a la Ley de Justicia y Paz, otros no cooperaban debidamente con la justicia y todos incumplían con la reparación de las víctimas al ocultar bienes o demorar su entrega” (A. Uribe Vélez, Alocución del 13 de mayo 2008).

La lógica del párrafo presidencial desnuda una verdad tremenda para los colombianos: la justicia colombiana no puede castigar a los grandes delincuentes; hay que exportarlos a otro país en que sí se haga justicia. Ni siquiera es capaz de recuperar los bienes robados por los delincuentes porque estos lograron ocultar 4 millones de hectáreas. La INTERPOL tendrá que descubrir dónde están esas tierritas. Y ¿quién podrá acelerar el proceso de devolverlas a las víctimas? ¿El negocio de Carimagua corría cuando lo “compraban” los empresarios? ¿Y ahora se demora porque es para las víctimas? “La verdad tiene que ser simple y oportuna. La verdad manipulada deja de ser verdad. La verdad tiene que decirse sin cálculos en el tiempo, sin dilaciones” (A. Uribe Vélez, Alocución del 13 de mayo 2008)

¿Cuál verdad? El proverbio colombiano de que la justicia es para los de ruana sigue siendo nuestra verdad. Las cárceles colombianas solamente “logran” aislar a los desafortunados de la población. Los notables obtienen “arresto” domiciliario o…. Los capos encarcelados tenían a su disposición todas las herramientas para “reincidir en el delito” ¿Por qué?

Más aún: ¿Cuál delito? Estos ciudadanos exportados coinciden en ser reos semiconvictos y semiconfesos de dos tipos de delitos: uno que atenta contra el ser humano y otro fabricado por la hipocresía de algunos de esos mismos seres humanos: los crímenes de lesa humanidad y el narcotráfico. Seguían cometiéndolos ambos desde la cárcel. Se los exporta para que sean castigados por el segundo. ¿Y el primero? Las masacres con sevicia, los secuestros, las desapariciones masivas, los magnicidios, ¿van a quedar impunes? Son demasiadas preguntas y demasiado dolorosas porque cada una de ellas conlleva miles de homicidios, de torturas, de hogares destrozados, de viudas, de huérfanos y millones de nómadas hambrientos y enfermos que se irán muriendo de tristeza y de miseria a lo largo del camino. La “verdad simple y oportuna” que se cuela de la justificación del 13 de mayo es que, para el Presidente de los colombianos, 5 kilos de cocaína valen más que la vida de un ciudadano. Pero la verdad de las víctimas es que son millones de ciudadanos contra unas cuantas toneladas de cocaína. Sin embargo, la balanza se inclinó del lado del dinero fácil “sin cálculos en el tiempo y sin dilaciones”.

Esa prontitud ha despertado, con toda razón, las sospechas de quienes veían que mantener a los capos del paramilitarismo-con-narcotráfico en el país era la mejor manera de lograr desenmascarar la verdad tremenda de la justicia amañada que ha garantizado la impunidad a la crónica violación de los derechos humanos que aqueja a Colombia y que su dirigencia niega con tenacidad y furia. Queda por verse la continuación de ese proceso que logró empezar a tocar, por primera vez, el corazón del problema de la autodefensa, el cual explica buena parte de la polarización del país y da cuenta de todas las atrocidades que seguimos padeciendo día por día y de las mentiras intolerables que tenemos que escuchar de lado y lado para justificarlas. De contera, todo el procedimiento secreto deja entrever la fundada sospecha de todos los estamentos acerca del nivel de corrupción o de corruptibilidad de los ejecutores del operativo. Y los interrogantes sobre este último aspecto tienen más niveles y más raíces de lo que aparece a primera vista.

Aunque la exportación de los capos refrenda la tesis presidencial de que los paramilitares no existen, los revoloteos de las “águilas negras” por todo el país
refrendan su frase citada de que “la verdad manipulada deja de ser verdad”. El Señor Presidente hace la verdad por punta y punta.


22 MAESTROS POR LA PAZ

Lo titularon EL DESPERTAR DE LA PALABRA. Pero es mucho más que eso. En el pequeño volumen de 177 páginas, lanzado en la Feria del Libro, hay una aventura de cooperación que resulta muy prometedora para la pedagogía colombiana. También hay un despertar de la conciencia colectiva en torno a la posibilidad real de vivir en paz en Colombia. Y, sobre todo, hay un voto de confianza en la escuela. Y este es el buen principio de toda la historia. Para evitar que el manicomio de la política colombiana se siga ampliando hay que aplicar la terapia desde la escuela. El Palacio de Nariño está de sobra si no cuidamos nuestras aulas. Los institutores que escribieron el librito son apenas una muestra del grupo de maestros de secundaria que se embarcaron en la empresa de hablar en serio sobre los derechos humanos en sus escuelas. Todos ellos se dieron cuenta, en primer lugar, de que emprendían un camino difícil por donde se le mire. Ni las administraciones escolares comprendían de un día para otro este interés que el Gobierno considera subversivo. Ni los estudiantes podían creer que de eso tan bueno dieran tanto. Mucho menos los padres de familia que han logrado deshacerse de sus responsabilidades encargándolas a los educadores soportaban hijos respondones. Pero ni siquiera sus propios colegas “especializados” podían entender qué carajo tienen que ver los derechos humanos con las ciencias naturales.

Semejante desafío plurivalente fue conquistado, como lo cuentan los 22 autores del libro, en los cinco planteles. Desde luego se logró en distintos niveles y con las peculiaridades propias. Pero en todos los reseñados, que no son sino la mitad de los colegios distritales en los que se llevó a cabo el “experimento” puede verificarse un despertar de la conciencia cuyo indicador es el despertar de la palabra.

El subtítulo del librito describe someramente lo que uno puede encontrar: ESCRITURAS EN TORNO A DERECHOS HUMANOS, CURRÍCULO Y TRANSFORMACIÓN SOCIAL. Cualquiera que haya pisado un colegio en su vida puede advertir que unos maestros que escriben es ya algo nuevo. En la mayor parte de los casos que conocemos los “profes” enseñan a escribir, pero ni ellos ni los alumnos escriben nunca nada. Mucho menos en la era del postcomputador. Y por lo que toca a currículo, es una palabra tan ambigua y equívoca en pedagogía como lo es el desarrollo en economía, sociología o ciencia política. Ni para qué hablar de transformación social.

Pues bien, la obra presenta una serie considerable de pistas para enfrentar los muchos problemas que se plantearon y que, en buena parte, se resolvieron en la medida de lo posible. Tampoco se puede ir, de una, más allá de los límites de la escuela, aunque ello sea indispensable para que la solución se complete y dure. La “Banda de los 22” puede atribuirse, sin presunción, una verdadera y propia revolución cultural. Lograron dar pasos iniciales en la cooperación interdisciplinar, campo en el que cualquier paso adelante es un tranco gigante. Y no menos ambicioso fue lograr el apareamiento de los derechos con las obligaciones, condición para que la reivindicación de la dignidad personal mal articulada no atice, una vez más, la lucha de las especies en la que estamos empeñados los colombianos.

Los maestros reconocen la “invaluable colaboración” de la Escuela de Derechos Humanos, Paz y Convivencia del CINEP. El innegable éxito consistió en que dicho equipo está constituido en su mayor parte por investigadores jóvenes, que como lo expresó uno de ellos, bien podían ser los hijos de los profesores autores. Es tal vez, la otra riqueza del libro: que para lograr comprender de qué se tratan los derechos humanos hay que derribar muchas barreras. Y no está mal haber comenzado por la barrera intergeneracional.

Referencia: M. Prada, D. Sánchez, J. Torres (eds.) EL DESPERTAR DE LA PALABRA: Escrituras en torno a derechos humanos, currículo y transformación social, (CINEP, ALBOAN, AECI, Bogotá 2008)


LA INSOPORTABLE LEVEDAD

La actualidad colombiana está bien descrita por la frase de Kundera: levedad, ligereza. Ligereza de la población y mayor ligereza de sus dirigentes. Una polarización que cuesta 5.025 muertos y 448 desaparecidos anuales (2002-2006) por violencia política, además de 296.000 personas a quienes se despoja cada año sin más de casa y bienes (2002-2007), se maneja con ligereza y superficialidad. El diálogo entre partidos en el poder y oposición política se personaliza con ligereza, dejando de lado el interés público. La política noble sufre una metamorfosis en disputa ligera de mezquindades sazonada con epítetos pesados y de baja estofa. Es obvio que tras los insultos se agazapan intereses altos, altísimos. Pero no se mencionan porque sería vergonzoso e insoportable.

Es insoportable que en el pulso verbal en que se han trenzado uno y otro lado se hable y se quiera proceder como si paramilitarismo e insurgencia fueran una misma cosa. La insurgencia, por definición, no acepta la legalidad. Pero la insurgencia, si pretende tener algún reconocimiento, no puede dedicarse a exterminar toda la vida y toda la naturaleza a su alrededor en el ardor de su lucha. El paramilitarismo, en cambio o bien es una respuesta ilegal a una insurgencia ilegal, o bien es un estilo abusivo de gobierno y por lo tanto tan ilegal como la insurgencia. Es contradictorio por definición, pues intenta defender la legalidad con la ilegalidad. En Colombia ha sido tanto lo uno como lo otro. En ambos casos es insoportable que recurra al terrorismo al igual que la guerrilla. Para desgracia de Colombia ninguno de los dos lados tiene claro este principio humanitario. Si la guerrilla mata a su pueblo se vuelve insoportable. Pero si el Estado lo hace y, además de forma ilegal, estamos perdidos del todo.

A pesar de lo cual, el que los guerreros pierdan de vista la humanidad no es alarmante. Siempre la han perdido. No hay guerras humanitarias, todas son inhumanas. Lo alarmante es recurrir a la guerra. La guerra consiste en taparse los ojos y acabar con otros seres humanos cuando la levedad de algunos se vuelve insoportable para otros. Y esa condición violenta de los racionales que nos permitimos nuestros retozos de irracionalidad, la hemos tratado de domesticar con la teoría y la práctica de los derechos humanos. Y es así como se han llegado a formular unos derechos humanos que los gobiernos y sus guerreros legítimos no pueden pasarse por la faja y un derecho internacional humanitario que ni los guerreros legítimos ni los insurgentes pueden pasar por las armas. Pero ese respeto al derecho y esa distinción universal entre unos y otros la quieren borrar en Colombia. En algunas de las instituciones colombianas más respetables y en los medios de comunicación, al igual que en las tertulias, los cafés y los costureros la distinción entre paramilitarismo e insurgencia, lo mismo que entre derechos humanos y derecho internacional humanitario se están queriendo ignorar con la insoportable conclusión que todo es lo mismo y todo da lo mismo.

La identificación que hace el Palacio de Nariño entre defensores de los derechos humanos y cuadrillas insurgentes es insoportable porque vuelve indistinguibles a los buenos presidentes y a los dictadores. Da lo mismo gobernar con leyes que masacrar a la oposición. ¡Nariño, el precursor de los derechos humanos que le costaron la vida, se revuelca en su tumba!

Otro caso emblemático de ligereza insoportable es el concurso de recriminaciones que se avecina entre los parapolíticos y los farcpolíticos. Es evidente que ambos deben ser condenados pero sin aumentar la confusión inicial de que la existencia de los unos justifica la de los otros. Todo colombiano sabe que, el negocio político de los parapolíticos y el de los farcpolíticos es distinto, produce distintos réditos y tendrá distintos futuros, mientras que sus consecuencias para el país y sobre todo para la población colombiana pobre es el mismo: miseria y muerte prematura. En ambos casos el desprecio por la política es insoportable. Y el recurso a la violencia todavía lo es más. Pero parapolíticos y farcpolíticos existen gracias a esa guerra que no se termina nunca porque la paz arruinaría a los guerreros de uno y otro lado, a sus partidarios y a sus patrocinadores. ¡Qué insoportable la ligereza de estos seres que viven de eliminar a sus semejantes!


DE LA SEVICIA A LA JUSTICIA

¡Alerta roja! La presidenta del Congreso investigada. El despliegue mediático sobre el tema y los comentarios correspondientes dejan entrever que hay todavía gente en Colombia que se resiste a reconocer en la práctica paramilitar una amenaza social. Y esto sí es grave. El Presidente exhorta a la Corte a morigerarse para no dañar las instituciones. Al mismo tiempo practica lo contrario. El Ministro del Interior y de Justicia detecta sevicia en los procedimientos de la Corte. Al mismo tiempo fomenta el enfrentamiento de los dos poderes que él mismo representa. La hipótesis presidencial de que las instituciones se pueden salvar con un granito de impunidad es la tesis inicial de toda corrupción. Así comenzaron hace años los dirigentes políticos y los empresarios colombianos: un granito de clientelismo, una pizquita de autodefensa, un ratico de comprensión con el narcotráfico, ya que… (todos tienen excusas). Y sólo ahora nos venimos a dar cuenta de las verdaderas dimensiones del proceso de inmoralidad pública desencadenado “a puchitos” desde hace varias décadas. Es el error infantil de jugar con el fuego(¿?), o el olvido juvenil de que “a quien entre la miel anda algo se le pega” (¿?), o la presunción adulta del aprendiz de brujo (¿?). Parece más bien el descuido culpable del sentido común amalgamado con la temeridad del malhechor que apuesta sobre la impunidad. Del pequeño delincuente al criminal hecho y derecho que se siente orgulloso de sus fechorías.

El argumento de que son personas importantes, más allá de toda sospecha ayer y que hoy se encuentran de pronto con los calzones abajo, es otra tipología exquisitamente criolla. La justicia es para los de ruana. Cuando toca a los de corbata se convierte en sevicia. Precisamente, el hecho de que ciudadanos más allá de toda sospecha se estén descubriendo más acá de la misma de la noche a la mañana, es lo que caracteriza el estado de descomposición del cadáver político que unos dirigentes astutos habían logrado embalsamar durante muchos años. Y es que la autodefensa, el paramilitarismo y por último el narcotráfico no nacieron ayer en Colombia. Los tres constituyen un progreso criminal del clientelismo político que sustenta al conflicto armado de tiempo atrás y los tres se suman al odio de clases y al desprecio racial que muestran las estadísticas de la mortalidad colombiana. Estas quíntuples son las tendencias sociales colombianas que habría que morigerar si queremos salvar las instituciones. No es un camino rápido ni fácil, ni mucho menos es cuestión de callar a la Corte.

Recomendar la reforma política como remedio de una enfermedad moral es de una ingenuidad asombrosa, como se advierte en las movidas que ya se han empezado a dar con el objetivo claro de torpedearla. Y emprender una reforma moral está más allá de instituciones políticas que tienen como valores primordiales el poder a toda costa y el enriquecimiento rápido por cualquier método, los cuales suponen la total indiferencia por el bienestar de los demás cuando no el desprecio absoluto. El remedio tiene que provenir de otras instituciones en las que se logre despejar algún espacio que permita reflexionar sobre dichas tendencias deletéreas y diseñar los instrumentos necesarios para contrarrestarlas. Esta sería la función de los partidos si no hubieran perdido el rumbo de la alta política para embocarse por el atajo de la politiquería que renueva el viejo clientelismo y prolonga el círculo vicioso.

La Iglesia Católica tiene el conocimiento y los medios para contribuir a esa reforma moral. Pero no ha descubierto el método eficaz para lograr que esa conversión impregne la vida nacional. Tiene también que cuidar de no pisar las trampas que la política le tiende en el camino. La familia tiene mucho que hacer en este campo, dado que los valores como los bienes de fortuna se heredan, lo mismo que los antivalores como el clasismo y el racismo. La moralidad y su contrario se siembran en casa. Y el sistema educativo podrá contribuir si la familia y la religión le ayudan, porque de lo contrario sólo servirá como refuerzo eficaz de las tendencias autodestructoras de la trampa y la fuerza. La preocupación que se atisba con los jóvenes colegiales y las asonadas universitarias indican que tales antivalores también crecen y se difunden en las aulas.

La solución es posible a pesar de su complejidad, si todos hacemos algún esfuerzo. Y si se genera una conciencia colectiva de la necesidad de hacerlo y logramos un despertar moral de todas las instituciones, es muy probable que la indiferencia que nos ha llevado a perder el rumbo de los derechos humanos se transforme en diligencia para establecer la justicia social y defenderla.


¿SOBRA EL ESTADO?

Parece que a Colombia ya le sobra el Estado. Es algo que se ha venido insinuando desde hace unos años. La primera fórmula que recuerdo decía que “al Estado colombiano había que nacionalizarlo cuanto antes”. Pero se sigue privatizando, luego sobra. Otro dicho que hizo carrera: “la economía va bien pero el país va mal”. Sigue siendo más verdadero cada día porque el estado pervirtió sus funciones de servicio público para pasarse descaradamente al servicio privado. La salud del pueblo lo denuncia con enfermedad y muerte. Luego sobra. Pero tal vez la prueba más palmaria del estado sobrante es que uno de los tres poderes, el legislativo ya estorba más de lo que ayuda.

Un muestreo de prensa de los últimos meses deja los siguientes resultados: 20% del Congreso está involucrado en “concierto para delinquir”. 51 congresistas están siendo investigados: 29 senadores o sea el 28,4% y 22 representantes o sea el 13,3%. Hay 28 en la cárcel y 3 han sido condenados. El elenco de fechorías perpetradas por los congresistas es ejemplar: Pactos secretos con grupos ilegales, financiación de y por paramilitares, constreñimiento al elector, participación en masacres y secuestros. Las preguntas que han suscitado tales evidencias se acumulan: ¿es legítimo el Congreso? ¿Convendría eliminar los suplentes de los sospechosos y castigar así a los partidos? ¿Será verdad que los partidos “no sabían?” (¡Solo ellos lo ignoraban!) ¿Acaso los electores no votaron porque “sabían”? ¿Qué hacer con dos partidos que tienen el 50% de los votos cuestionados? ¿Si más de 2 millones de votos están siendo puestos en cuestión, no sería más transparente barajar y volver a repartir? Los que
piden la revocatoria se enfrentan a la “imposibilidad” de hacerlo porque no hay legislación y no hay legislación porque como es obvio los legisladores no la han aprobado ni la van a aprobar. Según alguno de ellos la mejor solución es no revocarlo para que la justicia llegue a sus últimas consecuencias. Pero la justicia (donde existe) llega cojeando. ¿Y cuando no existe porque la tienen amenazada(o sobornada)?

Es muy esperanzador que la justicia colombiana haya hecho lo que ninguna otra ha realizado: lograr 3 condenas de mafiosos con piel de políticos. Esto no se ha logrado ni en Italia, como lo anotaba un catedrático italiano visitante. Pero si al mismo tiempo se afianza el paramilitarismo, nos encaminamos hacia una frustración mayor, porque con paramilitares sobra el Estado. Un dato revelador es que la captura del congreso por las mafias del narcotráfico, que no son distinguibles de las paramilitares, sube, en cifras redondas, del 5% en los años 80, al 10% en los 90 y al 20% en el 2000, es decir que se duplica cada 10 años. En el 2020 tendremos un congreso paraco.

Es evidente que un Estado que se permite jugar con el paramilitarismo está minando su naturaleza y su función. Colombia ha jugado durante demasiado tiempo a la estrategia paramilitar. Al ser tolerante con todas las formas de lucha está invitando a desterrar el estado de derecho de manera definitiva y atenerse a los hechos crudos de la codicia que tienden a ser violentos. En otras palabras: si el Estado no desmonta el paramilitarismo, (o no se desmonta del paramilitarismo) está de sobra. Más aún, es demasiado peligroso porque termina devorando a su población.


¿CUÁL GUERRA?

Para información de la Presidencia de la República de Colombia y de todos los demás patriotas que juran que el conflicto social armado en este país es un infundio comunista, trascribimos algunas noticias preocupantes sobre el progreso de las relaciones sociales en el territorio nacional. Como para ellos las organizaciones de derechos humanos no son creíbles, se seleccionan una fuente oficial y otra internacional. La primera es la Bitácora de prensa de la Vicepresidencia de la República. La segunda es el Comité Internacional de la Cruz Roja. Según dicha bitácora, entre el 12 y el 18 de marzo del 2008 se han realizado 6 capturas: 5 de paramilitares y 1 guerrillero, pescado en Bogotá. Este último es un capo de la cuadrilla 27 de las FARC. Los otros cinco: un presunto capo de “Nueva Generación Colombia”, un reclutador de jóvenes para bandas de ‘narcos’, un ex compinche del “Bloque Córdoba” reencauchado ahora por “Don Mario”, un capito de “Los Rastrojos”, y tres bandidos ‘narcos’. De los cinco, dos fueron sorprendidos en Córdoba, dos en Nariño y uno en Putumayo. Un promedio de casi un homicida diario neutralizado no se sabe por cuanto tiempo, y una amplia cobertura belicosa de norte a sur de Colombia, como se observa por los datos que siguen.

La misma fuente registra 5 combates: 2 en Nariño, del Ejército contra la cuadrilla 29 de las FARC, y del Ejército con “Nueva Generación Colombia” (paras); 1 en Antioquia del Ejército contra paramilitares anónimos; 1 en Putumayo del Ejército contra la cuadrilla 48 de FARC; 1 en Cauca del Ejército contra la cuadrilla 8 de las FARC con el resultado de un indígena muerto, 12 heridos y 250 desplazados. O sea, en 6 días, 263 víctimas que no tenían nada que ver en el choque armado que se perpetró frente a sus casas.

El boletín de la Vicepresidencia reporta, además, dos campos desminados, 26 hombres desmovilizados de las FARC y la incautación de arsenales enormes. ¿Cuál guerra?

El muy cuidadoso, exhaustivo y preciso informe del Comité Internacional de la Cruz Roja cuenta 564.123 personas desplazadas en las ciudades de Barranquilla, Bogotá, Cartagena, Florencia, Medellín, Santa Marta, Sincelejo y Villavicencio, con fecha 30 de junio de 2007 (para Medellín 31 de marzo de 2007). Si se mira la proporción de desplazados por población residente en las mismas urbes, tenemos que en Sincelejo son el 32.9%, en Florencia el 29.4%, en Santa Marta el 16.9%, en Villavicencio el 11.3%, en Cartagena el 5.0%, en Medellín el 4.3%, en Barranquilla el 3.6%, en Bogotá el 2.2%. Más de medio millón de personas desplazadas y registradas como tales en 8 ciudades. Ahora bien esa palabra ‘desplazado’ significa que todos los males de la pobreza se acumulan y llegan a extremos deplorables sobre esas familias.

Como anota eufemísticamente el informe: “Estos hogares sufren una mayor pobreza estructural que los hogares residentes”. Pero por si fuera poco: “Según la información de la encuesta, los hogares reconocen tener problemas de estrés, nervios, miedo, tristeza, dolor por la pérdida de algún ser querido o agresiones dentro de la familia”. Y comenta: “Sin embargo, la solicitud de atención es muy baja y más aún es la recepción de ayuda”. ¡Como si esto no sucediera entre los “residentes”! Y una última perla: “La proporción de hogares desplazados con jefatura femenina única fue superior al 90% en todas las ciudades”. Lo cual no sucede sino durante las guerras.

La pequeña muestra de población desplazada que estudia el CICR, al igual que el total que es 7 u 8 veces más, es la consecuencia directa e inmediata de lo que cuenta el boletín de la Vicepresidencia, que es también una muestra pequeña de los “sucesos” de una semana en este país. ¿Cuál guerra?

Cualquiera que reflexione sobre los datos presentados puede quedar perplejo frente al hecho de que se gobierne como si esos hechos no se estuvieran dando y que, por lo mismo, se tomen las medidas inadecuadas.

El CICR enumera 7 prioridades. Subrayamos la séptima, porque las 6 primeras deberían ser el plan de desarrollo del actual gobierno...pero... “Establecer mecanismos para la efectiva protección y reparación del patrimonio abandonado por la población desplazada de tal forma que se pueda recuperar su capital en el corto plazo”. Esto es lo mismo que las antipatriotas organizaciones de derechos humanos han reclamado como el desmonte del paramilitarismo. Y entonces, ¿para qué la guerra?


¡AHORA SÍ ES VERDAD!

En su edición del 27 de marzo del 2008, EL TIEMPO de Bogotá convierte en “verdad” lo que este editorial denunció en el año 2005 y recordó en el 2006. A saber, que en San José de Apartadó, se perpetraron graves abusos por parte de las fuerzas militares encargadas de proteger a la población negra e indígena local. Se llevó a cabo una masacre especialmente sangrienta, que el diario aludido relata con algún detalle. Fue mucho peor. Pero en la época el Gobierno negó todo y trató de invertir la responsabilidad del crimen. Hoy la Fiscalía encargada extiende orden de captura contra 15 militares, porque los denunció un exparamilitar, que está siendo amenazado por los nuevos paramilitares. Parece que éste sí va a recibir la protección que no recibió la Comunidad de Paz de San José de Apartadó. Esta es una fracción importante de la coyuntura. Pero hay otra no menos importante. En el mes de febrero del 2008, se han denunciado 3 asesinatos de defensores de derechos humanos, 4 asesinatos de sindicalistas, 7 casos de amenaza a civiles por parte de elementos militares y un número no bien definido de amenazas anónimas a organizaciones de promoción y defensa de los derechos humanos. Por otro lado, la comunidad indígena del Naya está siendo una vez más objeto de ataques por parte de paramilitares: asesinatos y amenazas dirigidas a producir un éxodo. Van por tierras.

Y además, hay otro proceso también coyuntural, que se ha conocido como el destape de la parapolítica, en el cual se ha ido demostrando que el paramilitarismo sigue siendo un arma de la política en diversas regiones del país y que dichas regiones son tantas que se podría pensar en un cuasiproyecto de Estado. No hay pruebas jurídicas del hecho y la evidencia histórica tampoco apoya esta deducción. De ahí el cuasi. Pero si se mira la letra menuda de las marchas masivas del 4 febrero y el 6 marzo, aumentan las evidencias ya muy numerosas a favor de la tesis. Tanto más cuanto que es EL asesor del Presidente el que determina que la primera marcha fue buena y la segunda mala. Un juicio moral imprudente y malévolo con pruebas políticas falsas.

En la misma línea de dudas queda la afirmación de un general ( el más reciente aunque no el único) de que en las regiones reseñadas arriba no hay paramilitares. No sabría decir si el general repite a EL asesor del Presidente, o si éste repite al general. Tampoco importa, porque todo queda en casa del Ejecutivo. En todo caso es una coincidencia más en tratar de borrar o por lo menos de tergiversar hechos de los que tenemos evidencias palmarias. Es el juego a la mentira que destruye cualquier puente para la comunicación humana.

Frente a estos hechos de sangre que sacrifican muchas más personas y conculcan muchos más valores que los recientes del Ecuador, no es posible permanecer indiferentes, ni mucho menos tratar de minimizarlos. Tanto en aquellos como en estos se manifiesta la naturaleza del conflicto social armado de Colombia y la dificultad en encontrar abordajes que puedan significar acercamientos verdaderos a la paz, los cuales conllevarían una enorme proporción de justicia distributiva de la que poco se habla. Preocupa su internacionalización porque así se incrementa su complejidad y se diluye aún más la reflexión ética que permitiría al país emprender su reconciliación por algún lado. No basta con que discutan las cúpulas, si los muertos los ponen las bases. Pero cuando los pobre y los negros y los indígenas no tienen derecho a tener voz, porque el intento de hablar es descalificado por quienes se supone que los representan en el país y fuera de él, no quedan muchas esperanzas. Menos aún si el hablar o el marchar es amenazado o asesinado.

Por eso, es apenas comprensible que esos “representados” silenciados, amenazados o asesinados sientan que la representación en Colombia no existe. Los académicos podrán discutir hasta que se cansen sobre los documentos archivados y las formas inoperantes que legitiman el régimen. Pero los crímenes continuos demuestran que los académicos no saben de lo que están hablando. Los silenciados, los amenazados, los torturados y los muertos son La Verdad.


MARCHAS Y CONTRAMARCHAS

Cada marcha de pies comprometidos trae su contramarcha de babas infecciosas. A los pies que quieren marchar el 6 de marzo se le están oponiendo las babas oficiales, escupidas desde la Casa de Nariño: “LOS PARAMILITARES YA NO EXISTEN”. Y es verdad: no existen en el papel. Han depuesto sus armas en el papel. Se han reinsertado...y aquí... se acabó el papel... Los hechos siguientes lo evidencian. El último boletín de denuncias recibido en nuestras oficinas el 22 de febrero de 2008, trae una refutación no baboseada con decretos incumplidos, sino martillada con crímenes sangrientos: el 19 de febrero de 2008, los paramilitares confinaron a la población de Mesetas (Meta), asesinaron a una ama de casa, amenazaron al niño que fue testigo del crimen y tienen amenazado de muerte a otro ciudadano. El motivo es ahogar a los defensores de los derechos humanos. La Asociación Santandereana de Servidores Públicos, según reporte del 20 de febrero, se encuentra bajo amenaza de las Águilas Negras por denunciar atropellos oficiales. En el Patía, el 20 de febrero 2008, también las Águilas Negras aterrorizan a la población de Brisas y maltratan a uno de sus pobladores. En la vereda de El Hatico, en el mismo municipio, los mismos criminales la emprenden contra el secretario de la Acción Comunal, lo torturan, según los testigos, desde el 2 hasta el 5 de febrero 2008, cuando al fin lo liberan a condición de que emigre fuera de la región. En Barrancabermeja, el 11 de febrero 2008,los paramilitares amenazan al secretario de la Corporación regional para la defensa de los Derechos Humanos. Esto es solo una muestra y solo de un mes no completo. Pero el motivo común rampante es el mismo en todos los casos: que la gente no reclame sus derechos.

El ruido de los pies y la contaminación de las babas pueden ocultar este proceso creciente de afianzamiento del sistema paramilitar de la política colombiana, del que arriba se adujo una pequeñísima muestra. En esta nueva etapa del estado de fuerza (que ha sustituido al de derecho, de tiempo atrás, entre nosotros) se juega sobre la mesa. Se han descubierto las múltiples conexiones políticas de los pistoleros. Y por lo tanto, para que la justicia llegue a coronar, sin perderse en los vericuetos de su propia morosidad, habrá que rodear a los jueces en todo lo que tiene que ver con el proceso a la para-política. Este ha sido el paso más trascendental, en mucho tiempo. Pero la descoordinación del sistema de justicia (si existe) hace temer por los resultados finales. Más aún, dado el cariz del proceso paralelo de “justicia y paz” arriesgamos no tener ni la una ni la otra, si no se sigue de cerca y se hace justicia en el juicio al paramilitarismo y, al mismo tiempo, en el juicio a los políticos prevaricadores. Hay que rodear a las cortes y protegerlas de los otros dos poderes, porque ambos están atentando contra ellas.

Como era de esperar, los restos armados del paramilitarismo seguirán perpetrando sus fechorías por un tiempo, en el caso de que haya policía y justicia. O configurarán un nuevo paramilitarismo más durable, si el juicio a los políticos se disuelve en agua de borrajas y el de los jefes militares termina en total impunidad, sin verdad (la verdad incompleta no nos sirve), ni reparación (se quedan con el 90% del premio de sus fechorías). Eso mismo habrá que examinar a su tiempo, si algún día, alguien entabla conversaciones que conduzcan a una verdadera negociación de paz con las guerrillas. Las babas de las contramarchas muestran que la conversación está muy lejos y la negociación todavía más. Pero lo peor, en este caso, es que la cúpulas políticas no logren ver lo que sí ven claro los marchantes: que el recurso a métodos ilegales para restituir la autoridad, termina por volverse en contra del mandatario, bien sea el de la Colombia urbana, o el de la Colombia rural.


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